Derivas Urbanas

Derivas Urbanas
“Caminar no nos lleva en principio a ninguna parte luego nos permite llegar a cualquier lugar.”

13 sept. 2015

de ciudades Sebald, Peter Handke, Kafka, Paul Nogué, Brassaï, ...

“Inquieta que el mundo, por decirlo de algún modo, se vacíe a sí mismo porque las historias que se quedan pegadas a las cosas no serán nunca ni oídas, ni dibujadas, ni contadas a otros por nadie.”
W.G. Sebald

Paul Nougé, Le bras Révéler, 1929-1930

"En nosotros siguen vivos los oscuros rincones, los pasajes misteriosos, las ventanas cegadas, los patios sucios, las ruidosas tabernas, y las posadas cerradas con llave. Recorremos las anchas calles de la ciudad nueva, pero nuestros pasos y miradas son inseguros. La ciudad judía vieja e insalubre que hay en nosotros es mucho más real que la ciudad nueva e higiénica que nos rodea. Despiertos vamos atravesando un sueño: no somos más que fantasmas de tiempos pasados...".
Franz Kafka



Paul-Nouge Cils-Coupes,Serie La subversion des images,1929-1930


El relato de Peter Handke del miedo del portero.

(…) Handke, cuya exactitud analítica se sabe tributaria de la tradición austríaca del escepticismo hacia el lenguaje y, especialmente, de Wittgenstein, demuestra, mediante la desintegración “patológica” de la capacidad de hablar de su personaje, que la dimensión del lenguaje nunca puede sobrepasar la realidad, sino siempre, únicamente, rodearla. Por ello, cuando la realización verbal no hace más que duplicar aquello de lo que se trata, la visión patológica que lo anota todo de forma continua, aunque sólo sea mentalmente, es, como aclaran los pasajes que siguen, la forma más precisa de percibir y, como tal, algo de lo que dependemos para la transcripción literaria del mundo.
“Vio cómo dos campesinos se daban la mano en la puerta de una tienda; tenían las manos tan ásperas que oía cómo raspaban al contacto. En la carretera asfaltada había huellas embarradas de tractores que venían de los caminos vecinales. Vio que una mujer anciana estaba inclinada delante de un escaparate con el dedo en los labios. Los aparcamientos delante de las tiendas se iban quedando vacíos; los últimos clientes entraban ya por la puerta trasera. “La espuma” “se resbalaba hacia abajo” “por los escalones de la puerta cochera”. “Detrás” “de la luna de los escaparates” “había” “colchones de plumas”. Metían de nuevo las pizarras negras de los precios en el interior de las tiendas. “Los pollos” “picoteaban” “las uvas caídas por el suelo”. Los pavos se acurrucaban pesadamente en las jaulas de alambre de los huertos de frutas. Las estudiantes de magisterio salían por la puerta con las manos apoyadas en las caderas. En la oscura tienda, el comerciante estaba en silencio detrás del peso. “Encima del mostrador” “había” “trocitos de levadura”.”
La mirada que anota, que trata de verificar en la realidad y en cada uno de sus componentes lo que el lenguaje le permite saber, conduce, como muestran sin más las frases citadas, a una especie de recapitulación evocadora. La tautológica relación entre lenguaje y realidad, de la que tanta conciencia tiene quien habla para sí, revela que esa persona no posee en las cosas que la rodean más que el eco de sus propias ficciones.
Del grado de comprensión de ese dilema depende quizá si el discurso se extingue en un murmullo autista consigo mismo o pasa a la metaficción de un texto literario. (…)

La sintomatología de la alienación, que Handke desarrolla en su historia del miedo del portero, se ocupa sobre todo, más allá de la falta de fiabilidad de la realidad reflejada en el lenguaje, de la experiencia sensorial de una existencia cortada de su contexto social. La resonancia del espacio vacío donde el individuo aislado se imagina expuesto amplifica aún más los ruidos que registra una sensibilidad exacerbada al máximo. El oído de Bloch es tan sensible que “durante un buen rato le pareció que en la mesa de al lado no ponían las cartas tranquilamente sobre la mesa, sino que hacían un ruido terrible, y detrás de la barra no dejaban caer la bayeta en el fregadero, sino que la arrojaban con fuerza y se oía una especie de ¡bum!; y la hija de la posadera, que llevaba unos zuecos de madera, no caminaba normalmente sino que hacía un ruido trepidante; el vino no caía en los vasos, sino que hacía gárgaras y de la máquina tocadiscos no salía música, sino truenos”. El fenómeno de la alucinación, que para la comprensión normal parece el síntoma más inexplicable de los estados patológicos, se hace comprensible por las reacciones desproporcionadas de una sensibilidad extrema. (…)

La otra cara es la lección que el carabinero le da en la técnica de vigilancia, indispensable para su profesión.
“Cuando se enfrenta uno a alguien… es importante mirar al otro a los ojos. Antes de que eche a correr, sus ojos indican la dirección en que lo hará. Pero al mismo tiempo hay que observar también sus piernas. ¿En qué pierna se apoya? Se echará a correr en la dirección que señala la pierna en que se apoya. En el caso de que el otro quiera engañarte y no vaya a echarse a correr en esa dirección, tendrá que cambiar la pierna de apoyo justamente antes de echarse a correr, y en esta operación perderá tanto tiempo, que mientras tanto se le puede echar uno encima.”  (…)

Las fotografías que el sujeto que sabe su existencia amenazada se ve obligado a hacer ininterrumpidamente de los objetos y sucesos de su entorno, tienen, con independencia de su especial función de seguridad para el individuo perturbado, la significación más amplia de que también el registro artístico de la realidad “vida” sólo puede realizarse en la bidimensionalidad de la imagen o del texto.  (…)
La historia de una alineación que presenta el relato de Handke es en definitiva idéntica a la búsqueda silenciosa y articulada por el autor de la destrucción de la infancia de que se trata. La efímera fama de Bloch como portero, que quizá lo ayudó durante cierto tiempo a superar la dificultad del recuerdo, sería entonces una paráfrasis de la fama literaria de Peter Handke. (…)
W. G. Sebald  (Pútrida patria


Paul Nougé. “Les Spectateurs”. “La Naissance de l´Objet”. 1930.

Paul Nougé (1895-1967), es uno de los muchos artistas intelectuales que alimentaron de ideas, actitudes y conceptos al surrealismo desde la penumbra, en un discreto segundo plano. Aunque perteneció al grupo surrealista de Bruselas, es poco conocido, al contrario que su amigo René Magritte.
Paul Nougé a la derecha sonriendo con René Magritte.

Publicó muy poco por propia iniciativa, interesándole más escribir a través de las palabras de otros.

Poeta, filósofo, y también fotógrafo, Nougé realizó una serie de 19 fotografías entre 1929 y 1930 que que se publicó como una serie con el título “La subversión des images”  por Marcel Mariën en 1968.




Ver es un acto Paul Nougé

“La subversión de las imágenes” fue el titulo dado a una exposición sobre fotografía en la Fundación Mapfre. 


Brassaï  objetos a gran escala [OB OB 1 a 8]  Ocho  contactos grabados de gelatina de plata montado sobre cartón, copias de época,  23,5 x 32 cm

Brassaï, billete de autobús enrrollado, 1932  Gelatina de plata,  
23,5 x 17 cm.  París, Centro Pompidou, 

(Brassaï, DALI, Salvador), "Esculturas involuntarias" Minotauro, 
No. 03/04, diciembre de 1933, p. 67 


En el catálogo de la exposición Roland Penrose escribe sobre Brassaï:

Como muchos parisinos, no había nacido en la capital francesa. Tampoco era sólo lo que se piensa que es –un fotógrafo llamado Brassaï-. Eligió este nombre por la ciudad donde naciö –Brasov- que, en el momento de su nacimiento, el 9 de septiembre de 1899 a las 9 horas de la tarde, era húngara y no rumana como hoy. Aunque estudió durante dos años en la Escuela de Bellas Artes de Budapest y después en Berlín, no se hizo pintor. Tampoco se quedó en la Europa central, sino que se fue a París. Ya había cumplido los treinta cuando empezó a manejar una cámara fotográfica.

Todos los fotógrafos que miran y perciben el mundo con un entendimiento y discernimiento que superan en agudeza a la visión aletargada que tenemos todos los demás no pueden sino tener cualidades propias de un poeta.
Para Brassaï, la fotografía no es un arte, es el anzuelo con el que saca de sus escondites las maravillas que están sumergidas en los ríos del tiempo y el espacio. Con cada toma, extrae una nueva imagen, arrancada a las tinieblas, que reconocemos como verdadera y vital. Una imagen capturada viva, la mirada clavada, sin aliento, con el brillo que le da el halo del entorno en que vive.
Las paredes de París tienen voces propias, que hablan múltiples idiomas: los mensajes que más despiertan nuestra curiosidad son casi siempre anónimos. Cada calle tiene nombre, cada casa está numerada, pero cada superficie de piedra, ladrillo o yeso leproso es el testigo insigne de la labor y el pensamiento humanos. En la repetición interminable de detalles que desafían a la mirada y la vuelven insensible, Brassaï descubre mensajes únicos que presentan la paradoja de pertenecer al ámbito de lo eterno y a la vez de ser tan efímeros como un saludo entre extraños. Son signos llenos de misterio, son la exteriorización urgente y ostentosa del orgullo y el deseo, o una advertencia secreta escondida en un oscuro mensaje codificado. Son juegos en los que puede participar quien lo desee o, al contrario, un juego solitario en el que uno consigue con paciencia convertir una superficie inerte en el espejo vivo de la imaginación.

Los signos escritos en las paredes expresan el triunfo o la desesperación: al igual que las arrugas que marcan un rostro, evidencian las emociones escondidas. Brassaï, “laoeil de París”, como le llamaba Henry Miller, mira más allá de la superficie. Estudia los tejados, los árboles, las aceras de la ciudad empapadas por la lluvia, pero también nos acerca al brillo o a la banalidad de sus interiores, ya sean públicos o privados. Conoce a los enamorados, los niños, los obreros, los mendigos; es decir, a la humanidad de la ciudad.

Paul NOUGE-Les-voyantes. 1929
Habíamos ido a Trieste, a visitar a Elena, y al llegar a la Piazza Unità de pronto nos pareció que habíamos desembocado en la Praça do Comércio de Lisboa: la amplitud despejada, los edificios austrohúngaros, el horizonte del mar. Lisboa tiene asonancias austrohúngaras igual que las tiene de Oriente, en esa curva hacia arriba que hacen los aleros de los tejados, y que vendrá de Macao. En el barrio de Alcántara, la visión del puente Veinticinco de Abril -un puente tan lleno de belleza como su nombre- al final de una calle empedrada, o por encima de un antiguo almacén portuario, me hace pensar en esa zona de Brooklyn que llaman ahora DUMBO, los edificios industriales en las calles en cuesta que tienen al fondo las vigas azules del Manhattan Bridge,el que se ve en Érase una vez en América. Desde un cigarral a las afueras de Toledo, los colores de tierra en el atardecer y el verde oscuro de los cipreses me han hecho acordarme de Granada. La colina de la Alhambra rima con la de la Alfama, con el castillo de San Jorge en lo alto: lo que hay al fondo en Granada, en vez del Tajo, es la Vega, ancha y lisa como un mar, antes de que la destrozaran los especuladores y los concejales de urbanismo. En los días nublados hay calles de Lisboa que tienen una luz como de Montevideo.
En el exilio se acentúan las asonancias de ciudades. Cuando Salman Rushdie vio de lejos la Alhambra me dijo que se parecía mucho a la Fortaleza Roja de Delhi. Francisco Ayala se paseaba por la Avenida de Mayo de Buenos Aires y le parecía que iba por la Gran Vía del Madrid de su juventud. Un amigo argentino que había estado exiliado en Suecia durante la dictadura militar nos contaba que de vez en cuando iba a Madrid a pasearse por la Latina porque se le aliviaba la nostalgia. “Era como estar en San Telmo”.

Antonio Muñoz Molina 18/11/ 2013

Paul-Nougé-Manteau en suspension dans l'espace-c.-1929-1930

Ciudades. Siempre son dos, idénticas y a la vez muy distintas entre sí, superpuestas en el mismo espacio, como las ciudades sucesivas que excavan los arqueólogos en el mismo solar, estratos de ruinas apilados los unos sobre los otros. Está la ciudad desconocida del primer o de los primeros días y la otra ciudad que ya es familiar. En la primera las cosas flotan sin orden, aparecen, desaparecen, se pierden, se encuentran de golpe inesperadamente al doblar una esquina. Es la que se explora con la ayuda de un mapa: es esa ciudad de los viajeros perdidos que desdoblan y despliegan un mapa y no encuentran correspondencia entre lo que en el mapa está tan claro y la confusión en la que se han extraviado. En la segunda ciudad reina el orden y aunque no se vea su final las calles conducen siempre a los mismos sitios. Son como las dos caras de la mujer amada de las que habla Proust: cuando Charles Swann mira a Odette un día antes o unos minutos antes de estar enamorado de ella dice Proust que la está viendo de verdad por última vez. La primera ciudad se atisba en breves relámpagos de memoria en los que uno es de nuevo el recién llegado.

Extrarradios. Bastantes ciudades empiezan bien, pero casi todas acaban mal. Empiezan en un centro histórico cuidado y con frecuencia maquillado para el turismo y el comercio de lujo y acaban de cualquier manera, desastrosamente, en descampados con rotondas y centros comerciales, en guetos ruinosos para los pobres y los emigrantes, en malas imitaciones de las zonas de negocios de las ciudades americanas, con torres de cristal azulado que son exactamente las mismas en todo el mundo. Ámsterdam, en general, se extiende bastante bien, se va mutando en tejidos sucesivos, como disolviéndose en ellos, disgregándose a veces al final en el puro campo, en el campo llano y fértil que ordenan las líneas rectas de los caminos sombreados por árboles, los canales, los diques. Los extrarradios de la ciudad revelan otras arquitecturas y otras formas de vida: una tradición sólida y continuada de vivienda social que empezó con el siglo XX, y que tuvo una edad de oro en los años veinte y treinta, pero que se mantiene vigorosa y original todavía. Sutiles audacias visuales y sentido común: arcos de ladrillo que recuerdan a Gaudí, bloques de pisos de tres o de cuatro alturas que tienen la disciplina geométrica y el cromatismo luminoso de cuadros de Mondrian. En un balcón riega las plantas una mujer con velo musulmán. El mejor sistema de exploración es perderse, tirar adelante por un carril bici que atraviesa calles, barriadas y parques y no termina nunca. Lo malo es que luego uno no sabe dónde ha estado y no tiene manera de volver.
Novelista. Decía Buñuel que los méritos principales de Hemingway eran el inglés y el dólar. Algo de eso hay. Porque uno no puede estar en todo y porque Harry Mulisch no era británico ni francés y escribía en holandés y yo no me he enterado de su existencia hasta hace unos días, cuando hojeé en la librería Athenaeum una novela suya traducida al inglés, The assault. No es muy larga, menos de doscientas páginas, y la devoré en tres días. Luego he comprobado que está traducida en Tusquets, como varias novelas más de Mulisch, que es uno de los grandes de la literatura contemporánea en Holanda. Parte de la novela transcurre en las mismas calles que al cabo de unas pocas semanas ya conozco bien. Trata de un solo hecho atroz, y también secundario, el asesinato a manos de la resistencia holandesa de un jefe de policía colaboracionista, en el último invierno de la guerra, y de las resonancias que ese hecho único provoca en varias vidas a lo largo de muchos años, y de las capas de sentido que encubren lo que parece más simple.
Antonio Muñoz Molina 
Harry Mulisch quiere demostrar que un mismo hecho puede estar definido por distintos factores, que hacen que en un momento determinado una persona tome un decisión que, aunque justificada para él, pueda ser desconocida e injusta para el semejante.
El atentado. Harry Mulisch. Traducción de Felip Lorda i Alaiz. Tusquets.
Paul-Nougé-Sans-Titre-ca.-1930
Siempre da algo de reparo hablar de las cosas delante de la gente que sabe hacerlas de verdad. Nos callamos nosotros y subió al estrado el cuarteto Avanti, y nada de lo que dijimos tenía la fuerza y la verdad de lo que ellos tocaron: el cuarteto nº 4 de Shostakovich. Sonaba próxima y tajante esa música en la iglesia románica, y al escucharla se volvía más claro algo de lo que habíamos conversado: la música lo pone a uno delante del misterio, porque nos traspasa con una emoción que no puede ser traducida en palabras. La música nos hace conscientes de que hay cosas fundamentales que no pueden decirse, y límites al conocimiento. En cada cuarteto de Shostakovich -componía cuartetos quizás con un impulso parecido al de Rembrandt pintando autorretratos- hay una confesión íntima, pero no sabemos explicarla, o sólo muy parcialmente, con muchas veladuras.
Pero ya lo decía Antonio Machado, refiriéndose a las canciones infantiles: “Oscura la historia/ y clara la pena”.



En febrero de 1890, es decir, doce años después de su llegada a Lowestoft y más de quince después de la despedida en la estación de Cracovia, Korzeniowski, que entretanto ha adquirido la nacionalidad británica y la patente de capitán y ha estado en las regiones más apartadas del mundo, regresa por primera vez a Kazimierowska a casa de su tío Tadeusz. En unas notas que tomó mucho más tarde, describe cómo después de breves estancias en Berlín, Varsovia y Lublin llega a la estación ucraniana en la que el cochero y el mayordomo de su tío le están aguardando en un trineo tirado por cuatro caballos bayos, que por lo demás es muy pequeño, casi de juguete. Quedan ocho horas de viaje hasta llegar a Kazimierowska. Cuidadosamente, escribe Korzeniowski, el mayordomo, antes de tomar asiento a mi lado, me envolvió en un abrigo de piel de oso que me llegaba hasta las ountas de los pies y me encasquetó un enorme gorro de piel provisto de orejeras en la cabeza. Cuando el trineo arrancó, comenzó para mí un viaje invernal de retorno a la infancia, acompañado del suave tintineo uniforme de los cascabeles. Con un seguro instinto, el joven cochero, de dieciséis años quizá, encontraba el camino a través de campos interminables, cubiertos de nieve. A una observación por mi parte, continúa Korzeniowski, sobre el admirable sentido de la orientación del cochero, que nunca titubeaba y ni siquiera perdió el camino una sola vez, el mayordomo dijo que él, el joven, era hijo de Josef, el viejo cochero que había llevado siempre a mi abuela Bobrowska, que en paz descanse, y que más tarde había servido con la misma fidelidad al “pane” Tadeusz hasta que la cólera se lo hubo llevado. También su mujer, dijo el mayordomo, había muerto de la enfermedad que se había presentado al romper el hielo, y también una casa entera llena de niños de la que solamente ha sobrevivido este joven sordomudo que está sentado delante de nosotros en el pescante. Nunca se lo había mandado a la escuela y nunca se había contado con que alguna vez pudiera servir para algo hasta que se comprobó que los caballos le seguían como a ningún otro criado. Y cuando contaba once años, aproximadamente, se demostró que en su cabeza tenía el mapa de todo el distrito, con cada una de las revueltas de los caminos, con la misma precisión que si hubiera nacido con él. Jamás, escribe, Korzeniowski a continuación del relato de su acompañante que él mismo vuelve a transmitir, me han llevado mejor que aquella vez hacia el crepúsculo que se extendía a nuestro alrededor.
W.G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

Paul Nougé- Magnetic table, 1929-1930.

Por la tarde, hasta la hora del té, permanecí solo, sentado en el bar-restaurante del Hotel Crow. Ya hacía un buen rato que se había atenuado el tintineo de los platos en la cocina, en el reloj de la pared, equipado de un sol saliente y poniente y una luna que aparece al atardecer, las ruedas dentadas se prendían las unas en las otras, la péndola se movía regularmente de un lado a otro, la aguja grande del reloj iba dando su vuelta a impulsos ininterrumpidos y por un momento me sentí ya en la paz eterna cuando, en mi lectura más bien distraída del dominical del “Independent”, me topé con un largo artículo directamente relacionado con las imágenes de los Balcanes que había estado mirando por la mañana en la Reding Room. El artículo, que trataba de las denominadas limpiezas étnicas que los croatas habían llevado a cabo hace cincuenta años en Bosnia, con el consentimiento de alemanes y austríacos, comenzaba con la descripción de una fotografía sacada por uno de los milicianos de la ustachá croata, evidentemente para la posteridad, en la que los camaradas, de un humor excelente y en parte adoptando poses heroicas, cortan la cabeza a un serbio llamado Branco Jungic con un serrucho. Una segunda fotografía, tomada como en broma, muestra el cuerpo ya separado de la cabeza con un cigarrillo entre los labios medio abiertos del último grito de dolor. El lugar de este hecho era Jasenovac, el campamento emplazado junto al Sava en el que setecientos mil hombres, mujeres y niños fueron asesinados con métodos que a los expertos del gran imperio alemán, como se comentaba en un círculo más íntimo, les habrían puesto los pelos de punta. Serruchos y sables, hachas, martillos y correas de piel que se ceñían en el antebrazo con hojas fijas fabricadas en Solingen exclusivamente para cortar cuellos, eran sus instrumentos de ejecución preferidos, además de un tipo de patíbulo transversal en el que, como si fueran cornejas o urracas, ahorcaban en fila a quienes no pertenecían al pueblo croata, ya fueran serbios, judíos o bosnios que habían acorralado.
No muy lejos, a no más de quince kilómetros de Jasenovac, existían los campos de Prijedor, Stara Gradiska y Banja Luka, donde la milicia croata, con las espaldas cubiertas por las fuerzas armadas alemanas y con la bendición de la Iglesia católica, terminaba su jornada diaria de una forma similar. La historia de esta masacre de varios años está documentada en cincuenta mil actas que alemanes y croatas dejaron tras de sí en 1945 que hasta hoy, según el autor del artículo publicado en 1992, se conservan en el archivo Bosanske Krajine, de Banja Luka, que está o estuvo instalado en un antiguo cuartel del imperio austrohúngaro, donde la central de información del grupo E del ejército tenía su cuartel general en 1942. Sin ninguna duda, allí estaban informados de lo que entonces pasaba en los campos de los ustachá así como de los hechos inauditos que acaecían, por ejemplo, en el transcurso de la campaña de Kozara, dirigida contra los partisanos de Tito, en la que murieron entre sesenta y noventa mil personas por las llamadas acciones militares, es decir ejecutadas o como consecuencia de las deportaciones. La población femenina de Kozara fue trasladada a Alemania y una vez allí aniquilada en su mayor parte mediante el sistema de trabajos forzados que se hacía extensivo a toda la zona del Reich. De los niños que habían quedado, de una cifra inicial de veintitrés mil, la milicia asesinó inmediatamente a la mitad, la otra fue deportada a Croacia, a diferentes puntos de reunión, y de ellos no fueron pocos los que, antes de que los vagones de ganado alcanzaran la capital croata, perecían de tifus, agotamiento y terror. Muchos de aquellos que todavía seguían vivos destrozaron con los dientes, de pura hambre, la pequeña placa de cartón que llevaban al cuello con sus datos personales, borrando así, en la desesperación más absoluta, su propio nombre.
Más tarde fueron educados en el catolicismo en el seno de familias croatas, se les envió a confesar y a tomar la primera comunión. Como todos los demás, aprendieron en la escuela la tabla de multiplicar socialista, eligieron una profesión, y se convirtieron en trabajadores del ferrocarril, vendedoras, constructores de herramientas o libreros. Pero hasta el día de hoy nadie sabe qué clase de sombras merodean en su interior. Por lo demás, en este punto hay que añadir que en aquel tiempo, entre los oficiales del servicio de información del grupo E del ejército, había un joven jurista vienés que era el máximo responsable de redactar los memorandos concernientes a los desplazamientos de la población, que por razones humanitarias habían de ser organizados con la mayor urgencia posible. Por estos trabajos meritorios de escritura le fue otorgada, de manos del jefe del Estado croata, Ante Pavelic, la medalla de plata con hojas de roble de la corona del rey Zvonomir. En los años posteriores a la guerra, parece que el oficial, tan prometedor ya al comienzo de su trayectoria y sumamente versado en el mecanismo de la administración, fue ascendiendo a diversos altos cargos, entre otros incluso al de secretario general de las Naciones Unidas. En esta última función fue supuestamente él quien, para posibles habitantes extraterrestres del universo, dejó grabado un mensaje de salutación en una cinta magnetofónica que ahora, junto con otros hechos representativos de la humanidad, navega a bordo de la sonda espacial “Voyager II” por el extrarradio de nuestro sistema solar.

W. G. Sebald  (Los anillos de Saturno)

Paul-Nougé-Les-Profondeurs-du-Sommeil, 1929

“Si el gobernante está siempre en su lugar, el que aprende está siempre de viaje. “Aprender debe seguir siendo una aventura, porque, si no, habrá muerto al nacer. Lo que aprendas en este instante dependerá de encuentros casuales y así, de encuentro en encuentro, volverá a continuar, aprendizaje en las transformaciones, aprendizaje en el placer.” Sin embargo, la actividad central del que aprende no es escribir sino leer. “Leer hasta que las pestañas tiemblen de cansancio.”

W.G. Sebald (Pútrida patria)


Paul Nougé, A New Way of Juggling, 1929


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