Derivas Urbanas

Derivas Urbanas
“Caminar no nos lleva en principio a ninguna parte luego nos permite llegar a cualquier lugar.”

20 feb 2020

Buenas historias cortas para gráficas visuales

Bocas del tiempo, Eduardo Galeano

Algunos ejemplos de las historias que encontraréis:

Testigos
El profesor y el periodista pasean por el jardín.
En eso, Jean-Marie Pelt, el profesor, se detiene, señala con el dedo y dice:
—Le presento a nuestras abuelas.
Y el periodista, Jacques Girardon, se agacha y descubre una bolita de espuma
que asoma entre los pastos.
Es un pueblo de microscópicas algas azules. En los días de mucha humedad,
las algas azules se dejan ver. Así, todas juntas, parecen una escupida. El
periodista frunce la nariz: el origen de la vida no tiene un aspecto muy atractivo
que digamos, pero de esa baba, de esa porquería, venimos todos los que tenemos
piernas, patas, raíces, aletas o alas.
Antes del antes, en los tiempos de la infancia del mundo, cuando no había
colores ni sonidos, ellas, las algas azules, ya existían. Echando oxígeno, dieron
color a la mar y al cielo. Y un buen día, un día que duró millones de años, a
muchas algas azules les dio por convertirse en algas verdes. Y las algas verdes
fueron generando, muy poquito a poco, líquenes, hongos, musgos, medusas y
todos los colores y los sonidos que después vinieron, vinimos, a alborotar la mar y
la tierra.
Pero otras algas azules prefirieron seguir siendo como eran.
Así siguen estando.
Desde el remoto mundo que fue, ellas miran el mundo que es.
No se sabe qué opinan.

Verderías
Cuando la mar y a era mar, la tierra no era más que roca desnuda.
Los líquenes, venidos de la mar, hicieron las praderas. Ellos invadieron,
conquistaron y verdearon el reino de la piedra.
Eso ocurrió en el ay er de los ay eres, y sigue ocurriendo todavía. Donde nada
vive, los líquenes viven: en las estepas heladas, en los desiertos ardientes, en lo
más alto de las más altas montañas.
Los líquenes viven mientras dura el matrimonio entre las algas y sus hijos, los
hongos. Si el matrimonio se deshace, se deshacen los líquenes.
A veces, las algas y los hongos se divorcian, por riñas y disputas. Según ellas,
ellos las tienen encerradas y no las dejan ver la luz. Según ellos, ellas los
empalagan de tanto darles azúcar noche y día.

Los juegos del tiempo
Dicen que había una vez dos amigos que estaban contemplando un
cuadro. La pintura, obra de quién sabe quién, venía de China. Era un campo de
flores en tiempo de cosecha.
Uno de los dos amigos, quién sabe por qué, tenía la vista clavada en una
mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus
canastas. Ella llevaba el pelo suelto, llovido sobre los hombros.
Por fin ella le devolvió la mirada, dejó caer su canasta, extendió los brazos y,
quién sabe cómo, se lo llevó.
Él se dejó ir hacia quién sabe dónde, y con esa mujer pasó las noches y los
días, quién sabe cuántos, hasta que un ventarrón lo arrancó de allí y lo devolvió a
la sala donde su amigo seguía plantado ante el cuadro.
Tan brevísima había sido aquella eternidad que el amigo ni se había dado
cuenta de su ausencia. Y tampoco se había dado cuenta de que esa mujer, una de
las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas,
llevaba, ahora, el pelo atado en la nuca.

Historia clínica
Informó que sufría taquicardia cada vez que lo veía, aunque fuera de lejos.
Declaró que se le secaban las glándulas salivales cuando él la miraba, aunque
fuera de refilón.
Admitió una hipersecreción de las glándulas sudoríparas cada vez que él le
hablaba, aunque fuera para contestarle el saludo.
Reconoció que padecía graves desequilibrios en la presión sanguínea cuando
él la rozaba, aunque fuera por error.
Confesó que por él padecía mareos, que se le nublaba la visión, que se le
aflojaban las rodillas. Que en los días no podía parar de decir bobadas y en las
noches no conseguía dormir.
—Fue hace mucho tiempo, doctor —dijo—. Yo nunca más sentí nada de eso.
El médico arqueó las cejas:
—¿Nunca más sintió nada de eso?
Y diagnosticó:
—Su caso es grave.

Peces
¿Señor o señora? ¿O los dos a la vez? ¿O a veces él es ella, y a veces ella es
él? En las profundidades de la mar, nunca se sabe.
Los meros, y otros peces, son virtuosos en el arte de cambiar de sexo sin
cirugía. Las hembras se vuelven machos y los machos se convierten en hembras
con asombrosa facilidad; y nadie es objeto de burla ni acusado de traición a la
naturaleza o a la ley de Dios.

El beso
Antonio Pujía eligió, al azar, uno de los bloques de mármol de Carrara que
había ido comprando a lo largo de los años.
Era una lápida. De alguna tumba vendría, vaya a saber de dónde; él no tenía
la menor idea de cómo había ido a parar a su taller.
Antonio acostó la lápida sobre una base de apoyo, y se puso a trabajarla.
Alguna idea tenía de lo que quería esculpir, o quizá no tenía ninguna. Empezó por
borrar la inscripción: el nombre de un hombre, el año del nacimiento, el año del
fin.
Después, el cincel penetró el mármol. Y Antonio encontró una sorpresa, que
lo estaba esperando piedra adentro: la veta tenía la forma de dos caras que se
juntaban, algo así como dos perfiles unidos frente a frente, la nariz pegada a la
nariz, la boca pegada a la boca.
El escultor obedeció a la piedra. Y fue excavando, suavemente, hasta que
cobró relieve aquel encuentro que la piedra contenía.
Al día siguiente, dio por concluido su trabajo. Y entonces, cuando levantó la
escultura, vio lo que antes no había visto. Al dorso, había otra inscripción: el
nombre de una mujer, el año del nacimiento, el año del fin. 

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